Con sus ojitos cerrados,
retiene firmemente entre las manos,
una palomita blanca, que ha de ser la paz.
Frota su mejilla en la cabeza blanca,
mientras sus cabellos parecen elevarse hacia las nubes.
Envuelta en serenidad absoluta,
no comprende de resentimientos,
su sabiduría es demasiado amplia para entender el odio.
Su mente ruega por la ignorancia de aquellos
que poco saben de este hermoso mundo,
e ignoran la majestuosidad que los rodea a cada instante.
Si tan sólo cada hombre que tomara en sus manos,
una palomita blanca, pura,
admirara en ella la paz que manifiesta,
olvidando la furia sin sentido,
¿acaso existirían las batallas por poder u objetivos absurdos?




